21.6.10

UN VASCO CON LEVITA

—¿Qué va a ser, don Miguel?
El camarero quedó de pie, frente al hombre de aspecto triste que había tomado asiento en un rincón del local, junto a una mesa de mármol que miraba a la ría, esperando a que le dijera lo que deseaba tomar.
—¿Lo de siempre, don Miguel? —insistió.
El cliente miró al camarero desde una distancia infinita y asintió con un gesto casi imperceptible:
—Lo de siempre, Juan —dijo, al fin.
El camarero y dueño de la taberna —“Juantxu” para los amigos— tenía ante sí a un hombre que acababa de ser expulsado por unos energúmenos de su cátedra de Salamanca al macabro grito de “¡Viva la muerte!”, grito que era una sentencia firme para todo aquel que discrepara con su forma de pensar, razón brutal que empujó a don Miguel de Unamuno a buscar el calor de su tierra, de su casa, en las Siete Calles de Bilbao, ciudad y calles que cada vez que las pisaba tenían la virtud de devolverle la vida. Y el Rincón del Juan era su sitio predilecto para pensar tranquilamente al amor de un vaso de txakolí.
—Le veo decaído, don Miguel —le dijo aquella mañana otoñal—. Ánimo, verá como pronto se acaba toda esta locura de la guerra y volvemos a vivir en paz.
—No lo creo, amigo Juan. Estos bárbaros que presumen de salvapatrias acabarán con todo lo que de valor hemos alcanzado los humanos.

A este bilbaíno de pelo blanco, levita negra y aspecto ascético, el Rincón del Juan le había servido siempre de atalaya para observar la vida con la minuciosidad de un cirujano. Era un refugio seguro. Y es que sus recuerdos se mecían entre los cañonazos del sitio carlista de 1873 de su infancia, y el avance de los fascistas en este otoño de 1936, que iban sembrando el suelo de sal y sangre allá por donde pisaban. Lo tuvo claro cuando en el encontronazo con Millán Astray, en Salamanca, aquella mañana horrible vio palpitar su ojo de trapo mientras argumentaba, pistola en alto, que debía morir la inteligencia y daba vivas a la muerte.
—¿Estaba tuerto el fulano? —se atrevió a preguntar el dueño.
—No —respondió don Miguel—, estaba absolutamente ciego, ciego de entendimiento.
—¿Y usted qué le respondió? —añadió Juan aterrado por tamaña brutalidad y falta de respeto.
—¿Qué le podía decir a un energúmeno desatado como aquél, amigo Juan? Sencillamente, que con semejantes argumentos podrían vencer, pero no convencer. Éste es el templo de la inteligencia—le dije—, y yo soy su supremo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto.
—Valientes palabras, señor Unamuno, pero seguro que no las entendieron —el tabernero se puso a limpiar el mármol con un paño mientras rumiaba las palabras del filósofo.
—No, desde luego que no. Palabras que para mí fueron como una sentencia de muerte… —añadió don Miguel con infinita tristeza.


“Juantxu”, el dueño del Rincón, un vasco de pura cepa con muchos años a la espalda sirviendo chiquitos y pinchos de tortilla, sabía por experiencia que cuando un hombre como don Miguel de Unamuno andaba buscando refugio en su casa, significaba que la vida ya se le iba de retirada, que definitivamente se desinteresaba del mundo, y que sus días estaban contados. Tal es así que, cuando le dijo «adiós» arrastrando la levita, en el vacío de la taberna, su voz sonó como un “hasta siempre” que selló con un portazo.

7.4.10

El vino RIOJA y los CINCO SENTIDOS


Primer premio / GOBIERNO de La RIOJA

Tacto (Pedro Sanz Lallana)

Al tomar la copa, una gota de vino rodó hasta su blusa marcando una lágrima de color rubí a la altura de su pecho izquierdo. La seda rápidamente se tiñó de sangre. Instintivamente alargué mi mano tratando de evitar el daño, pero ella quedó expectante esperando la llegada del tacto, del suave tacto del vino.

5.3.09

Una mañana de NOVILLOS


Debió de ser una preciosa mañana de mediados de junio cuando mi primo Nelo, David “el Bolas” y yo decidimos salir furtivamente de la escuela para darnos un garbeo por el monte en lugar de volver a clase después del recreo. Hacer novillos.

Tuvo que ser un impulso voraz el que nos empujó a saltar los muros y gozar de esa sensación intensa de huir como tres forajidos al margen de la ley ―de la ley escolar, se entiende― y sentir lo dulce que resulta disfrutar de lo prohibido.

De nada sirvieron las puntas de lanza que erizaban la valla del patio, el ojo avizor de don Paco, ni la tapia de piedra sillar que cerraba el flanco oeste: el paso del tiempo había socavado su solidez dejando a la vista unos agujeros estratégicos que facilitaban la escalada y, por ende, la huida.

Y nos largamos.

Una vez fuera del patio nos deslizamos como habíamos visto hacer en las películas: sigilosos, de esquina a esquina, agachados para no ser vistos. Y sin darnos cuenta fuimos dejando atrás el centro escolar pensando que la emoción de la hazaña novillera compensaba con creces el riesgo del castigo.

Oímos, ya de lejos, la campanilla que señalaba la entrada a clase. Fue cuando nos miramos los tres y nos sentimos cómplices de una aventura que no había hecho más que empezar. Pronto nos echaría a faltar don Paco que miraría en el patio, los retretes, por los pasillos…, sin hallar rastro de los tres fugitivos.

—¿Y ahora qué hacemos?

Cuando uno de nosotros dijo: «¿Y ahora qué hacemos?» caímos en la cuenta de que lo más interesante de la historia ya había pasado: el atreverse a dar el primer paso, lo demás casi no tenía importancia. Ante la indecisión, nos fuimos dejando llevar hacia “el Campo”, una pradera verde que ofrecía la posibilidad de gozar de aquella mañana espléndida de una naturaleza salvaje. Empezamos por coger “chupamieles”, comimos “taños” —que eran unas hojas ácidas que te dejaban la boca como un estropajo—, nos revolcamos como locos en la hierba ya alta, nos metimos en el arroyo de Mañanca para coger sanguijuelas y ponérnoslas en la piel a ver si era cierto eso que decían de que chupaban la sangre...

«Tan, tan, tan...», la campana del reloj del Ayuntamiento dio las doce que oímos a lo lejos. Nos quedaba una hora para disfrutar de aquella dulce demencia antes de volver al pueblo e ir a comer, tan tranquilos, como si no hubiera pasado nada. Y fuimos descubriendo cosas tan comunes como un nido de abubillas, un escuerzo tripudo, o ver a un pobre saltamontes luchar a brazo partido contra las hormigas rojas que empezaban a merendárselo en lo alto de su hormiguero.

—¿Y ahora qué hacemos? —volvió a preguntar David.

—¿Por qué no vamos a escondernos en las troneras de la iglesia? —propuso Nelo.

La propuesta era tentadora porque la iglesia ofrecía montones de recovecos excitantes que conocíamos muy bien por nuestra condición de monaguillos, lo que nos permitía tener acceso a ciertos lugares prohibidos para el resto de los mortales. En la bóveda de la nave central —que llamábamos las “troneras”—, se podían encontrar cosas tan insólitas como misales viejos, nidos de golondrina empollando, clavos antiguos, colmenas silvestres, crucifijos rotos, ratas y suciedad a montones; también podíamos subir a la torre, junto a las campanas, y contemplar el pueblo a nuestros pies disputando el espacio a las cigüeñas; sentir la brisa fresca del Urbión que todavía conservaba manchones de nieve, escupir al aire sin ser vistos...: sí, explorar la iglesia podría ser una aventura apasionante.

Fuimos dando un rodeo por las afueras del pueblo. Saltamos las tapias de unos prados y enseguida llegamos a la puerta grande del templo. Entramos furtivamente pues era seguro que si nos topábamos con don Nicolás, el cura, la primera pregunta sería:

―¿Y vosotros qué hacéis aquí que no estáis en la escuela?

Lógico, y el castigo sería fulminante. Allí, en la penumbra fría del bajo-coro, buscamos refugio al fondo del baptisterio, justo donde pendían como cuerdas de ahorcado las sogas que servían para tocar las campanas. Y, de golpe, una que empieza a moverse sola: para arriba y para abajo.

—Se está moviendo —susurró Nelo; David y yo nos quedamos petrificados contemplando el prodigio.

—¿Quién será? —dije, muerto de miedo.

El misterio se desveló cuando nos dimos cuenta de que el sacristán andaba por el campanario tocando el “Tenterrenublo”, o sea: el aviso de que era la una de mediodía, momento en que paraban las fábricas, se cerraban los comercios, salían los niños de la escuela y todo el mundo se iba a su casa a comer.

«Tan, tararantan, tan, tan, tan...» el Sacris tiraba de las cuerdas con una maestría estudiada llamando al pueblo a colación, según expresión de don Nicolás.

Tenterrenublo,

tente tú,

que Dios puede

más que tú...

repiqueteaba la salmodia moviendo los badajos de las campanas con suavidad.

Cuando el sacristán nos vio allí arriba, en lo alto de la torre de la iglesia, casi se le caen las cuerdas de las manos. Nos miró muy escamado y dijo:

—¿Y vosotros qué hacéis aquí que no estáis en la escuela?

Era la pregunta prevista. A mi primo se le ocurrió una salida ingeniosa notándosele a una legua que estaba mintiendo:

—Veníamos para ayudarte para tocar...

El Sacris se quedó de escayola:

—¿Ayudarme a mí? —se puso serio—: Lo que pasa es que vosotros habéis hecho “novillos”, ¿verdad?

Yo me atreví a contestar con todo descaro:

—¿Nosotros? ¡Qué va!

El sacristán nos señaló las escaleras con un gesto:

—Andad, hacedme el favor de iros a casa y ya veréis cuando se enteren vuestros padres de que estáis haciendo novillos...

En ese instante yo supe que era culpable. Bajamos las escaleras como los reos suben las del patíbulo: dudosos, silenciosos, temerosos.

Ya en la calle, el día seguía siendo espléndido, las cigüeñas machacaban alegres su ajo, pero sobre nuestras cabezas se cernían unos negros nubarrones de tormenta. Cada cual tomó el rumbo de su casa sin despedirse del resto pues harto teníamos con ocuparnos de nosotros mismos. «¿Qué nos hará don Paco?», me pregunté con una evidente desazón perdido en mis cavilaciones. Pero la respuesta me lo dijo el Guaya, mi vecino, nada más verme:

—Pedro, el maestro ha escrito vuestros nombres en la pizarra y ha dicho que los vais a tener que borrar con las lágrimas...

¡Glub!, se me hizo un nudo en la garganta y otro en el corazón: con aquello no contaba, pero eran tiempos en que la letra entraba con sangre y si don Paco había advertido de que habría lágrimas, sin duda las habría.

Cuando llegué a casa, rompiendo lo habitual en mí, lo hice como una sombra, sin ser notado por nadie. Todo lo que veía parecía acusarme de “novillero” después de haber disfrutado durante media mañana de un placer equivalente a la libertad.

Mi madre me notó algo raro:

—¿Qué te pasa que andas tan callado, Pedrín, estás malo?

La procesión iba por dentro. Miraba de reojo al reloj porque sabía que había una hora, un momento inexorable en que tendría que enfrentarme a mi propio destino que estaba íntimamente ligado a don Paco. Y ese momento fatídico lo habían fijado para las tres en punto de la tarde, lo decía la pizarra.

Comí en un voleo, y era tal mi estado de ansiedad, mi conciencia me daba tales bocados, que salí de casa corriendo en busca del calor reconfortante de los muros de la escuela que abandonara como un ladrón unas horas antes como gesto de desagravio hacia ellos: los arces rumorosos que sombreaban el patio, los gorriones alborotadores que los habitaban, los hoyos donde jugábamos a las canicas..., jamás lo había encontrado todo tan hermoso.

Repasé con la vista la geografía escolar, el mástil con sus tres banderas —nacional, falangista y requeté—, y empecé a notar que estas cosas tan comunes y nunca apreciadas me calentaban un poquito el corazón. Y me dije:

―A fin de cuentas, don Paco es mi maestro... ¿cómo va a hacer que borremos la pizarra con las lágrimas?

El patio se fue llenando de escolares vocingleros. También llegaron David y Nelo. Al reencontrarnos, me dijeron que ya sabían lo de la pizarra. Teníamos miedo. En nuestras caras se podía leer la sentencia: “Borraréis vuestros nombres con las lágrimas…” Nos acurrucamos en un rincón como tres apestosos dejando pasar el tiempo; algunos compañeros de clase sabedores del delito nos miraban con cara de pena; otros, con algo de envidia; la mayoría, con indiferencia.

Sonaron tres campanadas rotundas: tan, tan, tan. Era la hora de entrar, nuestra hora. Formamos las filas para cantar el “Caralsol”, se dieron los gritos de ordenanza: “¡Arriba España!” , etcétera, y enfilamos las escaleras; cuando atravesé el umbral de la clase vi con horror que todo lo que me había dicho el Guaya era cierto: mi nombre palpitaba en la pizarra con la pulida caligrafía de don Paco, seguido del de mis cómplices de huida:

Pedro

Agnelo

David.

Fui directo a mi sitio. Allí, de pie, sentí un repeluzno en el espinazo y sin que nadie me dijera nada me afloraron un par de lagrimillas rebeldes que quise disimular con el dorso de la mano. Mis colegas de “novillos” tenían la cara pálida, estaban rígidos, desencajados.

Entró don Paco. Comenzó la clase con el acostumbrado rezo del Padrenuestro, y cuando llegamos a eso de perdónanos nuestras deudas lo tuve muy claro: en ese momento empecé a encomendar mi alma a Dios porque el día del Juicio Final estaba a las puertas... Acabado el rezo, dijo don Paco:

—A ver, pasen aquí estos tres caballeretes… ―señalando la tarima desde la que presidía la clase.

Lo demás es fácil de imaginar.

14.6.07

MISTÉRI (J. Dupont)


CONVERSATION

L’homme était grand et sec, un long visage émacié couleur de fumée, un regard profond, triste et mystérieux, des jambes interminables enserrées dans des pantalons de velours noir, usés par endroits jusqu’à la trame, peut-être une réincarnation du héros de Cervantès. Effectivement, je l’aurais volontiers surnommé Don Quichotte, à cause de son allure et de ses origines espagnoles, mais qui, dans notre village cévenol, en ces années soixante-dix du dernier siècle, connaissait la silhouette efflanquée du redresseur de torts castillan ?

Entre eux, les enfants l’appelaient “la Treille” pour l’avoir vu souvent dormir sur un banc de pierre de la gare désaffectée, à l’abri d’une treille de clinton.

L’homme parlait peu, pratiquement jamais, si bien que personne ne savait rien de lui. Les vieux Cévenols qui jouaient à la pétanque sur la place, devant le bistrot, le dénommèrent “Mistèri”.

La seule chose que l’on sût vraiment de lui était qu’il guérissait les piqûres de guêpes. Ainsi l’avait raconté Margot, ma mère : Un nid de guêpes tombé d’un toit était venu s’écraser sur mon berceau quand j’étais bébé. Piqué en plusieurs endroits, je hurlais de douleur. Les voisins avaient appelé le médecin mais, en attendant, ma mère, bouleversée, ne savait que faire. Par bonheur, Mistèri passait par-là :

― Tranquille ! avait-il dit de sa voix caverneuse.

Il avait étalé ses deux mains au-dessus de moi. Ses longs doigts en éventail couvraient presque tout mon corps. Ma mère regardait ces phalanges aux jointures pas très soignées se déplacer lentement sur la peau de son enfant. Choquée, elle n’osait rien dire. Au bout de quelques minutes, je cessai de pleurer. Quand le médecin arriva, il ne restait plus que des marques rougeâtres que le docteur effleura de ses doigts ; je lui fis des risettes. On chercha Mistèri pour le remercier, il avait disparu.

La première fois que je lui ai adressé la parole, j’avais vingt ans, j’étais loin de me douter que ce serait également la dernière. C’était un dimanche de juillet. Il y avait à peine une semaine que j’étais en vacances. Une guêpe m’avait piqué près de la bouche, la lèvre enflait et, sur les conseils de ma mère, j’allais jusqu’à la vieille gare dans l’espoir de trouver notre guérisseur. Il était là, allongé sur son banc de pierre. Ses longs cheveux blancs, en désordre, lui donnaient un air de poète. Je m’approchai. Il observa la plaie :

― C’est pas une guêpe, c’est un “avispón” ! me dit-il. Un frelon, crus-je bon de comprendre.

Il mit les doigts d’une de ses mains en cloche autour de ma bouche et posa l’autre à plat, sur le sommet de mon crâne. Á peine deux minutes plus tard, je ne sentais plus la douleur.

― Ça va désenfler, m’assura-t-il.

― Merci, merci beaucoup. Combien vous dois-je ? lui demandai-je.

Il me regarda d’un air étrange.

― Ici, tout le monde me tutoie.

― Vous pourriez être mon père, voire mon grand-père. Combien… ?

Il rit.

― Tu ne me dois rien.

Il faisait chaud. J’insistai pour qu’il vînt boire quelque chose au bar. Il me suivit. Nous nous assîmes en terrasse à l’ombre du grand platane. Sur notre gauche, assise devant une tasse de café, une dame lisait un roman. Mistèri la regarda.

― Savoir lire, me dit-il, c’est la plus grande joie de la vie. Ni l’argent, ni les femmes, ni le vin… Pouvoir ouvrir un livre et s’informer de ce qu’il contient, ça n’a pas de prix.

Je regardai ses mains. Ces doigts qui m’avaient soigné étaient couverts de crasse.

Victor, le patron du bar, arriva jusqu’à nous. Il portait un verre et une bouteille de rouge.

― Comme d’habitude ? dit-il en s’adressant à Mistèri.

Ce dernier, sans parler, fit un geste de la main qui devait vouloir dire : “Oui ! Plein à ras bord”. J’étais jeune, je concevais mal qu’avec la chaleur qu’il faisait, on pût boire du vin. Je commandai un coca.

Mistèri me regarda avec compassion. Il me tapa sur l’épaule.

― Avec les livres, poursuivit-il, tu n’as jamais le temps de t’ennuyer, même si ce n’est que l’annuaire du téléphone. Le pire qu’il puisse nous arriver, c’est de ne pas savoir occuper notre temps libre. Tu te ronges les sangs, tu réfléchis trop, tu te poses des questions. Crois-moi, je connais la musique.

Avec délicatesse, comme s’il accomplissait un rite, de ses mains aux ongles noirs, il appliqua le verre contre ses lèvres.

― Hum ! Comme il est bon ce petit vin ! N’est-ce pas ? Il réchauffe le cœur.

Il s’essuya les lèvres avec la manche de sa chemise.

― Après les livres, rien ne vaut le vin, jeune homme.

Et, il me retapa sur l’épaule.

― Tu vois, quelle mascarade, les deux choses au monde que j’apprécie le plus m’ont été interdites pendant dix ans.

Il cligna des yeux et les rides de son front se creusèrent.

― Les dix ans pendant lesquels j’ai été prisonnier. Tu sais ce que c’est qu’un bagne ? Non. Comment le saurais-tu, tu n’es qu’un enfant.

Sa main tomba pesamment sur le marbre de la table en un geste de désarroi. J’étais étonné, on m’avait toujours dit qu’il ne parlait jamais et il n’arrêtait pas. Par-dessus son épaule, Victor me faisait signe, en faisant tourner sa main devant son nez. Mistèri était-il soûl ? Je ne le pensai pas.

― J’ai vingt ans, lui dis-je, pour meubler le silence qui venait de s’instaurer.

― Vingt ans. Qu’est-ce que c’est ? Un gamin. Et les études. Qu’est-ce que tu étudies ?

― Je viens de terminer l’École Normale.

― L’École Normale de quoi ?

― D’instituteurs.

― Caramba ! Alors maintenant, tu es maître d’école. Comme moi ! Tape-là !

Et il m’offrit sa main crasseuse et tremblante que je serrai avec une certaine appréhension.

Il y avait plusieurs années qu’il errait par les rues et les chemins de la commune. Les chiens lui aboyaient après. Les gens avaient en mémoire qu’il avait sauvé un enfant et tous le respectaient malgré sa crasse, malgré sa condition de vagabond. Ils lui cédaient une piécette, des restes de nourriture ou un vieux vêtement, beaucoup lui offraient un canon de rouge qu’il ne refusait jamais. Chaque fois qu’elle le croisait, ma mère lui tendait un billet qu’il ne voulait pas prendre, elle insistait et le lui glissait dans sa musette.

Il poursuivit son monologue :

― Je conserve encore mon diplôme de “maestro” que m’a remis le “Ministerio de Instrucción Pública” signé par don Manuel Azaña, me dit-il, tu veux le voir ? Je vais te le montrer. Je l’ai toujours sur moi depuis que je suis sorti de taule. Attends !

Il se mit à farfouiller dans sa vieille musette où se cachait tout ce qu’il lui restait de sa vie d’homme, le coffret de ses misères, sédiments d’une existence faite de malheurs et de désespoir.

― Tu sais qui était don Manuel Azaña ? me demanda-t-il alors qu’il continuait à chercher. Je le savais.

― Bien sûr, lui dis-je, le président de la dernière république espagnole.

― “Excelentísimo señor presidente”, me corrigea-t-il en séparant les syllabes, ne l’oublie pas. Regarde ! C’est sa signature… Et sais-tu pourquoi on l’a tué ?

― On l’a tué ? Je croyais qu’il était parti en exil…

― Exact ! Eh bien, c’est comme si on l’avait tué. Ils nous ont tous tués, jeune homme, en 36, conclut-il, et de sa main, il lissa sa chemise pour me montrer la maigreur de son torse. Vraiment, ils nous ont tous tués.

Il finit son verre, faisant claquer sa langue entre deux gorgées. Je regardai son visage grisâtre, buriné par l’indigence et le désenchantement. Il avait malgré tout un port altier, l’allure didactique et ample des enseignants d’autrefois.

― Tu as déjà un poste ?

― Oui, à Alès, dans une école publique.

― Moi, j’étais “maestro” à Deza. Tu ne peux pas connaître. Un village perdu à mi-pente d’une montagne sauvage et sèche mais il y avait une source à ses pieds et une plaine irrigable qui nous apportait tout. J’ai pris mon poste en septembre 34 et je suis resté là-bas jusqu’à ce que…

Sa phrase resta en suspens comme si les mots l’avaient abandonné. Les souvenirs étaient trop douloureux. Ému, je l’aidais à sortir de cette impasse.

― Jusqu’au soulèvement franquiste ?

― C’est ça, la guerre civile. Rien n’est plus affreux qu’une guerre civile. Tous les coups sont permis, on se tue entre frères.

Il s’interrompit à nouveau, puis, comme s’il revenait de très loin, il ajouta :

― Tu ne peux pas t’imaginer l’enthousiasme que j’avais quand je suis arrivé dans cette petite école, avec ses deux écriteaux : “Escuela de niñas, Escuela de niños”, construite sur le rocher avec une cour ouverte sur les aires, sur la montagne, sur la vie. Quand le maire m’a donné la clef, je suis entré pour la première fois dans ces locaux semés de pupitres et de bancs et j’ai senti une odeur de bois, une odeur d’encre, que je n’ai retrouvées nulle part ailleurs.

Les mots sortaient lentement de sa bouche. Il fit une pause. Son regard s’assombrit. Je fis signe à Victor de lui servir un autre verre de vin :

― “Mi vida” ! Les salauds, ils m’ont ruiné la vie. Á Deza, la vie heureuse, ma vraie vie, ne dura que deux ans. Deux ans intenses que je passai avec Pépita, la maîtresse des filles. Ce fut un amour fort que nous partagions avec les enfants. Nous avions même fait des projets d’avenir. Tu vois ! Après Pépita, aucune autre…, pourquoi ?

Il se passa la main sur le visage, puis se pencha davantage vers moi, comme pour me faire une confidence.

― Je reconnaissais mes quarante élèves rien qu’à leur voix. Le jeudi après-midi, nous allions en promenade dans la nature jusqu’à un château qui se trouvait au sommet d’un tertre, une vieille tour de surveillance maure. De là, nous observions la plaine, nous épiions le vol des vautours qui venaient se poser en contrebas sur les rochers des environs. Au retour, nous cueillions des plantes et, en classe, cherchions leur nom sur une encyclopédie… Que pourrais-je te dire de plus ? J’étais instituteur vingt-quatre heures sur vingt-quatre. Mais, tout fut détruit par cette maudite guerre.

Il s’établit entre nous un profond silence, de ceux que l’on justifie en disant qu’un ange passe. Mistèri en profita pour avaler une longue gorgée de vin, laissant son verre pratiquement vide.

― Ils m’accusèrent de “rouge”. Tu vois ! Pour avoir dit que notre mère à tous était la République, que c’était elle qui nous nourrissait, nous protégeait et nous éduquait pour que nous devenions des hommes. Nous lui devions le respect. Voilà tout mon crime, parler de respect.

Il fit une autre pause pour terminer les quelques gouttes qui coloraient encore le fond de son verre.

― Ils m’arrêtèrent et me mirent dans une pièce obscure où se trouvaient des sacs de pommes de terre. Ils appelaient ça la prison. J’y suis resté une semaine sans que l’on m’accuse de rien de concret. Pepita est venue en pleurant demander qu’on me libère puisque je n’avais fait de mal à personne. Mais un des gardes civils lui a dit que les enfants racontaient que je ne parlais jamais de religion en classe. C’était vrai. Les élèves aimaient l’histoire d’Espagne et je leur expliquais comment étaient venus les Ibères, puis les Celtes, qu’ils s’unirent pour former les Celtibères, c’est à dire nous, les Espagnols. L’histoire les enchantait et quand ils voulaient s’informer sur la religion, je leur répondais que l’école de la République était laïque et qu’il fallait poser ce genre de question à monsieur le curé. C’était bien ce dont m’accusait le brigadier, d’être laïque. Quel âne ! Savait-il ce que ce mot voulait dire ? Un jour l’abbé m’arrêta sur la place et me demanda :

― Comment se fait-il que monsieur l’instituteur ne mette jamais les pieds dans l’église ?

Je lui répondis avec l’aplomb de mes vingt ans :

― Parce que je n’en ai pas envie !

― Don Rosendo a changé de couleur. Personne dans le village n’avait osé jusqu’alors le contrarier. Il ne m’adressa plus jamais la parole… J’étais instituteur, je n’étais pas prêtre. Pépita me disait de faire comme elle, de garder les apparences. Mais je ne pouvais pas renier mes convictions. Tout le village avait peur, personne n’est venu me défendre, parler avec un laïque était également un crime. Ceux qui pensaient comme moi, envoyaient leurs enfants jouer devant la prison. Ils venaient me réconforter. Je les entendais crier sous la lucarne de ma cellule : “¡Señor maestro, estamos aquí !” Je les reconnaissais à leur voix, Carlos, Roque…, leur présence me soulageait.

― “J’obéis aux ordres”. C’est tout ce que me donna le brigadier comme explication quand, dans son bureau où trônait un énorme drapeau sang et or, il me signifia mon transfert sur Soria. “De quoi m’accuse-t-on ?” lui demandai-je. “De rouge”.

― Juillet 36, il faisait très chaud dans les geôles, les vacances scolaires venaient de commencer, Pépita et moi avions prévu de nous marier. Nous devions aller à San Sebastián en lune de miel. Tu vois ! Si nous étions partis plus tôt… Hélas ! Tout est tombé à l’eau à cause des phalangistes. Ils me limogèrent de l’Éducation Nationale. Le jugement ? Une farce, je n’avais pas droit à un avocat. Celui de la partie civile, un fanatique, m’a dit que j’étais pire qu’un assassin parce que j’empoisonnais les jeunes cerveaux avec des idées révolutionnaires et anticléricales. Les sottises que j’ai pu entendre ! Mais, le pire, ce fut quand j’appris que j’étais définitivement exclu de l’Enseignement. J’ai pleuré, m’interdire d’enseigner, c’était comme un coup de poignard dans le dos. J’aurais préféré qu’ils me fusillent.

― Puis, ils m’ont transféré et j’ai roulé de pénitencier en pénitencier. J’ai atterri à Alicante, Pépita ne pouvait plus venir me voir. C’était trop loin. Dix ans, c’était trop long. Je lui ai écrit, mais, a-t-elle reçu mes lettres ? Je n’ai plus jamais entendu parler d’elle.

Sa voix s’était brisée sur cette dernière phrase. Il regardait son verre vide et se caressait le menton avec le pouce et l’index. Puis, il tira sur la peau plissée de son cou :

― C’est la loi de la pesanteur, dit-il en souriant, très certainement dans le but de détendre l’atmosphère.

Je le regardai fixement :

― Mistèri, vous qui ne parlez jamais, lui dis-je, pourquoi me racontez-vous tout ça aujourd’hui ?

― Je me fais vieux, jeune homme, mes jours sont comptés, il me fallait bien vider mon sac avant de partir.

Je ne sus que lui répondre :

― Vous pouvez vivre encore longtemps.

― Oui, peut-être, mais faudrait-il que j’en aie envie !

Il se leva, me tapa sur l’épaule :

― Merci pour le vin.

Et sa haute silhouette voûtée s’éloigna vers la vieille gare.

J’appris plus tard, qu’au matin, on l’avait retrouvé mort, allongé sur son banc de pierre, abrité par sa treille de clinton. Dans le village, aucun d’entre nous ne connaissait son véritable nom.

NOTA: Este relato está inspirado en el de P. Sanz: Don José "alias" Parrita que puede verse en el blog: Cuaderno de Rayas; Mistéri aparecerá en breve publicado dentro de la colección de relatos: La Cévenne mystérieuse de J. Dupont.

17.5.07

El último LOBO de COVALEDA


La foto estaba en blanco y negro, mate, aunque le habían florecido unos rosetones pardos dibujando rosarios sobre el papel que le daban ese aire de recuerdo viejo acentuado por los bordes ajados, las caras de mirada fija al objetivo y el olor a lata de dulce de membrillo.

Era un grupo de cuatro hombres con cananas a la cintura, escopetas terciadas sobre el pecho, boinas caladas, jerséis de lana basta y cremallera larga, calzados con polainas de gente avezada a subir escarpaduras o luchar contra las mataperras del monte bajo. El gesto era desafiante, y a sus pies se veía una masa informe de animales muertos, grisáceos, inarticulados, como de trapo.

Al dorso de la foto se leía: La última batida. Noviembre. Covaleda, 1955, escrito con la letra inconfundible de mi padre, rica en jeribeques y adornos laterales en las mayúsculas.

Al ver esta foto lejana, se me arraciman los recuerdos y me traen detalles vivos que creía olvidados sobre acontecimientos de mi infancia. Fue la última batida y, a la postre, la definitiva; después, no hubo más, no hizo falta. Con ella se liquidaron años de una lucha sorda contra un animal al que llamaban enemigo, causa de matanzas legendarias, y que tenía su guarida por los montes de Covaleda: el lobo.

Decir “el lobo” era desatar un atavismo de rencores, de venganzas juradas y ocultas contra la alimaña más feroz y sanguinaria que se conocía, borrosamente identificada con todos los males que el monte ocultaba en siglos de pastoreo. Era una lucha a muerte, desproporcionada y sin sentido, pero real, pacientemente amasada en la conciencia de cada pastor que, seguramente, en su familia contaba con una leyenda de cabras degolladas en una orgía de sangre y miedo tiempo atrás.

En la foto se podían contar hasta cuatro. Cuatro animales yacentes a los pies de los cazadores que sonreían hieráticos, con ese aire de triunfo macabro que da poner la bota sobre la cabeza exangüe del enemigo muerto. También eran cuatro los cazadores.

Mi padre ocupaba el centro. Parecía tener una autoridad tácita sobre el grupo porque era el único que tenía alta la frente y sonreía como satisfecho de sí mismo bajo un bigote recto y elegante. Por eso guardaba la foto y puso detrás con cuidada caligrafía: La última batida

Recuerdo cuando vinieron a mi casa. Eran tres hombres de barba cerrada y pana:

—Rufino, han visto las huellas de cinco lobos que bajaban del Urbión, y la otra noche le hicieron una sarracina al Fulgencio…

Mi padre tenía un cierto ascendiente entro los cazadores del pueblo por ser una buena escopeta, tener amigos entre los pastores y haber sufrido en sus cabras las consecuencias del lobo justo el día en que se casaba su hermana: esto le daba patente de corso en cuantas batidas se hicieran, recurriendo a su autoridad moral si había que preparar una, como era el caso.

—Cinco lobos, Rufino… Hay que ir a por ellos.

Vinieron a decírselo. En torno a la mesa se amontonaban años de monte y morral a la espalda, inviernos largos y duros, como los de por aquí. Corrió la petaca y el porrón. Se dibujó un mapa en la mente de cada uno con la precisión de un relojero: al final, cada hombre sabía perfectamente cuál era su puesto en el monte para darles caza, matarlos, erradicarlos de la faz de esta tierra. El lobo era el enemigo y no se le podía dar tregua.

—También dicen que le han devorado una potra al Dostrés.

Las rondas de vino y cuarterón se iban turnando entre los cuatro justicieros y poco a poco la idea tomaba cuerpo de que ésta sería la última batida, la definitiva.

—Y decís que han visto cinco…

A mi padre se le antojaban que eran muchos. Cinco lobos formaban un frente formidable, una fuerza de la naturaleza sólo comparable a cinco hombres bien armados avanzando de frente, inmisericordes.

—…enormes, por las huellas que han dejado, Rufino —insistieron.

Se hizo una pausa densa; luego tomó una determinación:

—Saldremos el domingo que viene. Corred la voz. El primer domingo de noviembre. Tenemos que ir antes de que se aventisque el monte, porque si cayera la nieve no podríamos con ellos; se meterían en las loberas y no habría forma de sacarlos. Avisad a los que quieran venir, se necesitan ojeadores. Mi padre les dirá lo que tienen que hacer.

—¿Cuántas postas ponemos en los cartuchos? —preguntaron ellos.

—Tres.

Mi abuelo, su padre, era un viejo pastor que conocía el monte mejor que la cocina de su casa. Era un hombre respetado pero de carácter enérgico y un tanto altanero. Era un hombre serio y como ojeador, único. El se encargaría de dar las instrucciones necesarias para que cada cual supiera exactamente dónde ir y qué hacer para facilitar el trabajo a las escopetas que, estratégicamente, había distribuido mi padre en los perdederos y portillos por donde debían pasar los lobos.

Llegó el domingo. El pueblo entero quedó expectante. Los hombres se habían ido muy de mañana con los morrales repletos de chorizos, torreznos y botas de vino. Cada cual tiraría de su hogaza o se haría una lumbre común para asar carne. Los ojeadores ya andaban removiendo el monte con voces y palos encaminando a los lobos hacia su destrucción: las trochas o los arroyos.

Yo recuerdo que andaba por la plaza del pueblo, como todos los chavales, a la espera de tener noticias sobre los hombres que se habían ido al monte antes del amanecer. Tenía una vaga conciencia de lo que se avecinaba porque había visto a mi padre ir preparando las noches anteriores, con la parsimonia de un miniaturista, los cartuchos que habrían de ser empleados en la batida. Para ello, bajó del pajar la caja de madera donde guardaba los artilugios que hacía servir en los días previos al ir de caza; era como un cofre con un asa de metal y cerradura de pestillo que estaba dividida en compartimentos para clasificar el material: aquí los perdigones para la pluma; allí los perdigones para el pelo; luego, las balas para los jabalíes y corzos y, por último, las postas loberas. En un saquito aparte guardaba la pólvora de color negro y olor acre que trataba con delicadeza y medía con meticulosidad según le pidiera el tipo de caza, utilizando un cacito de latón que le daba la medida exacta en cada caso. Una vez me dijo:

—¿Quiere ver lo que pasa con la pólvora?

—Sí.

Puso en el suelo un montoncito del polvo negruzco, aparentemente inocuo, y me dijo que así era la pólvora. Yo seguía atento a sus explicaciones hasta que aplicó el mechero y salió de allí un fogonazo que llenó la cocina de humo. Me quedé fascinado, asustado.

—Ni se te ocurra tocarla.

—No.

Desde entonces empecé a mirar aquella caja de madera como si fuera la llave de las puertas del Infierno. En otra caja de zapatos guardaba los tacos que servían para prensar la pólvora contra el detonador haciendo un todo uniforme y compacto; después atrapaba por arriba los perdigones con otro taco más fino, como de cartón, quedando el cartucho presto para ser rematado con la maquinilla de redondear los bordes que lo cerraba herméticamente. Era un ritual que le llevaba horas de ir preparando pacientemente uno a uno cada cartucho, y colocarlos en fila india sobre la mesa de mármol a medida que los iba acabando, como si fueran soldaditos de plomo: rojos, verdes, amarillos…, que se me antojaban emisarios de la muerte.

A primeras horas de la tarde bajaron algunos ojeadores, los más jóvenes, que llegaron dando voces:

—¡Han matado a cuatro! ¡Han matado a cuatro!

—¿Hombres? —preguntó mi vecina, la Angelita, fuera de sí.

—No, mujer, lobos.

—Ah, ¡Jesús, qué susto!

Yo corrí a decírselo a mi madre:

—El Lolo ha venido diciendo que han matado a cuatro.

Mi madre movió la cabeza en señal de incredulidad. Luego le aclaré:

—Entonces, se ha escapado uno…

Mi lógica era matemática puesto que había oído hablar de cinco lobos y echadas las cuentas me daba que uno había salido con vida. Sentí una alegría agria, un algo que me hacía ponerme del lado del fugitivo solidarizándome con su buena fortuna por haber salvado el pellejo, pero ensombrecida por la pena de saberlo solo, perdido en esa infinita soledad que le sobreviene al monte cuando se acerca el invierno. «¡Pobre lobo!», exclamé.

Esta imagen del lobo solitario me acompañó toda la tarde y se me hizo más real cuando bajaron los hombres del monte portando sobre varas su sangriento botín: cuatro lobos muertos que dejaron tirados a las puertas del Ayuntamiento.

—¿Son los cuatro machos? —le pregunté a mi padre.

—No, estas dos son hembras…, y no te acerques, que te muerden —me dijo haciendo una broma macabra mientras arrimaba con el pie la boca semiabierta de uno de ellos por la que se perfilaban unos colmillos entrelazados y cortantes como navajas.

El macabro conjunto era un montón de carne muerta, de pelo gris y ojos opacos con manchas de sangre seca. Ya había visto lobos muertos otras veces, pero estos compañeros del fugitivo se me antojaban más cercanos a mis sentimientos, y es que la idea del huido no me la podía quitar de la cabeza… Pero el tiempo, que todo lo aplaca, hizo que en unos días se me fuera difuminando la figura del lobo solitario que me imaginaba aullando a la luna recortado contra el horizonte del pinar.

Yo tenía la suerte de que mi abuelo fuera pastor y de que contara con noventa y tantas cabras que eran para mí como un mundo cálido y vivo que hizo que se me fuera desatando la curiosidad por el pastoreo. Además, mi abuelo era un sabio: conocía el monte y sus misterios, las cosas de la vida, el devenir del tiempo, las huellas de los animales y los olores que traía el viento. Me gustaba ir con él porque cada día me enseñaba cosas nuevas; me contaba historias de lobos, de maquis, curiosidades de los animales, y me explicaba refranes que solía emplear al hablar… Las tardes de verano eran las mejores para ir al monte: largas y cálidas. Después de la siesta me solía decir:

Chiquito —así me llamaba—, ¿te vienes conmigo? Anda, que te monto en la yegua.

Mi abuelo, además de tener cabras, tenía media docena de yeguas y caballos que dejaba sueltos por el monte formando una manada que solía andar por las faldas del Urbión, y sólo bajaban al pueblo con las primeras nevadas o en la época de las parideras, según, buscando el calor de la cuadra. Cuando me prometía ir montado en la yegua cana, rápidamente aceptaba acompañarle, porque para mí era como ir sentado sobre un trono. Desde su lomo blando el camino se me hacía corto y todo parecía puesto a mis pies: los pinochos, los brezos, algún corzo que nos salía al paso espantado, el arroyo…, y entonces me imaginaba que el monte estaba hecho para mí, como si fuera mi Paraíso Terrenal. A la yegua cana le daba de comer en mi mano. Me ponía gruesos trozos de pan duro y ella los cogía con toda delicadeza del mundo para no lastimarme con sus dientazos amarillos que me enseñaba cuando reía. Con la llegada del buen tiempo, el monte se convertía en un hervidero de vida silvestre; entonces, mi abuelo, mi hermano Pepe y yo acudíamos al corral del Guijo con la yegua cana. El corral del Guijo quedaba en un lugar privilegiado a media ladera de una cuerda de rocas cortadas a pico que se desplomaban formando cuevas que, oportunamente apañadas, se convertían en un refugio natural y abrigo en invierno. Cuando llovía, por ejemplo, allí nos refugiábamos todos: animales y personas, hasta que pasaba la tormenta. A mi lado, siempre se venía el perro.

—Quieto, Lunes, que me mojas.

El Lunes no era propiamente un perro pastor, pero con el tiempo llegó a serlo, y muy bueno. Un buen día pasó por allí el Críspulo, un familiar de mi abuelo, y le dijo:

—Pedro, ¿quieres un perro?

Mi abuelo al ver aquello, le contestó:

—¿Y para qué quiero yo esa ruina de chucho?

—¿Éste? —le dijo el otro—: Este perro, aquí donde lo ves, sabe latín. Ya quisieran muchos que usan boina tener la inteligencia que tiene este perro. Bueno, ¿lo quieres, o no?

Mi abuelo sonreía socarrón:

—¡Si sabe latín…!

Y se quedó con él. Los primeros días andaba un poco retraído, se asustaba de todo y era el hazmerreír de los otros pastores cuando lo veían acurrucado bajo las mantas. Pero poco a poco mi abuelo le fue enseñando cómo tratar a las cabras y —como era cierto que sabía latín— pronto aprendió el oficio de pastor pasando de hacer risa a causar admiración, pues a la menor insinuación de mi abuelo levantaba las orejas, enfilaba el morro y, acto seguido, volaba como un rayo a hacer el encargo que se le mandaba: subir, bajar, cantar o bailar… El Lunes era un perro genial.

--Chiquito, ¿cómo le ponemos? —me dijo un día preguntando por un nombre.

—Hoy es lunes…

—Me parece bien —me atajó.

Y con Lunes se quedó.

Nos teníamos cariño; el perro se venía a mi lado para que le hiciera fiestas y yo le arrascaba detrás de las orejas; cuando paraba, me daba un toquecito con el morro para que siguiera… Un día se me ocurrió decirle a mi abuelo:

—Con lo pequeño que es, como venga a un lobo nos quedamos sin perro.

Y mi abuelo se reía pensando que, efectivamente, era poca cosa para enfrentarse a los lobos:

—Pierde cuidado, que por aquí ya no quedan.

Luego le recordé:

—Pero uno se escapó…

—Ya. A saber dónde andará.

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue pasando el verano. Se llegaba el tardío y pronto tendría que volver a la escuela. Una tarde, cuando ya empezaba a refrescar, le dijo el Saturnino a mi abuelo:

Cadenas, —así llamaban a mi abuelo a raíz de la llegada de unos comediantes al pueblo que recitaron el famoso romance de Pedro el Cadenas, (digo famoso por aquellas fechas) que llamó la atención a los mozos de su cuadrilla y le aplicaron rápidamente el nombre quedándole como apodo que luego pasó a la familia…; pues vino el Saturnino y le dijo:

Cadenas, ten cuidado porque el Zurdo dice que le ha faltado una cabra al Morgas y no sea que por aquí ande el lobo…; él, por si acaso, ya ha puesto unos cepos.

Pero mi abuelo no le hizo mucho caso pensando que exageraba:

—Aquí ya no hay lobos, Saturnino. Y dile al Zurdo que haga el favor de quitar esos cepos, que son peligrosos.

Yo, que estaba en la conversación, recuerdo que le dije:

—Abuelo, pero uno se escapó…

Mi abuelo me acarició el cogote.

—Sí, ya lo sé, majo; pero no te preocupes, que ése no hará mal a nadie porque a lo mejor está muerto.

«¡Ojalá esté vivo!» pensé yo y me quedó como una sospecha de que el día menos pensado me iba a encontrar con él.

Hay un arroyo que baja lamiendo los pies del corral de mi abuelo de aguas claras y heladas. En él mi hermano Pepe y yo jugábamos a hacer pozas que servían de abrevaderos para las cabras e, incluso, los días calurosos de agosto aprovechábamos para bañarnos en sus aguas transparentes. Jugar en el arroyo y triscar por sus alrededores nos llevaba buena parte de las tardes de pastoreo. Pero aquella tarde —no se me olvidará la escena— al pasar por el camino que corre paralelo al regato notamos que algo se movía tras unos espesos matorrales. Pensamos que sería alguna cabra enredada que no podía salir. Nos acercamos con cautela y, después de hurgar con un palo, vimos con asombro que allí tumbado había un animal grande, de pelo grisáceo…, enseguida me vino a la mente la figura del viejo lobo, el fugitivo. Al levantar una rama, volvió torpemente la cabeza hacia nosotros con el resuello ahogado: un cepo enorme le tenía atenazada la garganta. El lobo había roto la cadena y lo llevaba colgando como un collar de muerte clavado hasta la médula, haciendo presa en la vida que se le escapaba lentamente por el fiero bocado del hierro. Su cuello no era ya más que una masa de carne sanguinolenta y terrosa…

—¡Es el lobo! —grité.

Agonizaba: a través del follaje el animal me miró con sus ojos moribundos, casi opacos, en los que se dibujaba el dolor de ser el último lobo de Urbión; el verle no me dio miedo, la verdad, sino una pena infinita que se me escapó en un sollozo:

—¡Pobre lobo!

Y me alejé corriendo.

27.3.07

SONETO a mi tierra


SONETO a mi tierra de CASTILLA

¿Por qué sueñas con el mar, castellano,
si tienes el ancho mar de Castilla?
Mira los campos de mies: maravilla
de olas doradas ondulando el llano.

Jamás verás un bajel más ufano
que el arado surcando con su quilla
la tierra caliente, madre y semilla
del pan que alcanzamos de su mano.

¡No sueñes más, castellano! El Duero
te sirva de mar; la ilusión, de vela;
y tu reciedumbre antigua, de fuero.
Que hogaño para ser buen marinero
no necesitas de mares lejanos:
¡en tierras de Soria está tu velero!

28.2.07

La truculenta historia de M. GUILLOTIN

Maître Guillotin disfrutaba como un enano salvaje fumándose un purito cada día después de comer mientras madame Guillotin recogía los platos y echaba los restos a los patos. Digamos que era el único placer pequeño-burgués que se permitía este parisino, aparte de asistir a algunas representaciones patrióticas en las Tuilleries y danzar la Carmagnole en la Place du Peuple aquellos días revolucionarios de 1792; por lo demás, seguía siendo un honrado ciudadano antimonárquico y anticlerical del montón.

Pero a M. Guillotin se lo llevaban los demonios cada vez que al querer “decapitar” el purito de la sobremesa con los dientes se le astillaba, se le rompía la fina hoja de cobertura o se le abría una grieta que lo hacía infumable. Entonces exclamaba «Merde!» en un francés impecable y lo lanzaba al fuego resignándose a no recibir su consuetudinaria ración de nicotina. Eso no podía ser; y es que solía dar un mordisquito al puro para facilitar el paso del humo, pero el hecho de desgraciarlo le ponía de mal humor. «Merde! —decía—, ce con de cigare!» Así que empezó a maquinar la forma de cortar el puro de una forma profesional, sencilla, eficaz y sin roturas que le evitara el tener que lanzarlo a la hoguera.

En estas andaba cuando vio a su mujer que, provista de un cuchillo carnicero, rebanaba limpiamente el pescuezo de un pato sujeto a un taco de madera sin darle tiempo a decir ni «cua». «Parbleu!», exclamó el parisino; eso era justamente lo que él andaba buscando: una tajadora de bolsillo que sirviera para decapitar puros sin tener que recurrir al tradicional mordisqueo. «C’est une idée excellente!», y le vino a la mente su navaja de afeitar que inexorablemente le cepillaba cada mañana la verruguita que tenía en el mentón viéndose obligado a restañar —también cada mañana— el consiguiente brote de sangre con polvos de piedra alumbre que guardaba sobre la repisa del cuarto de baño.

Y se puso manos a la obra. Tomó dos maderitas planas y las acopló a la hoja afilada de manera que pudiera subir y bajar la cuchilla sin estorbo; ahora sólo faltaba practicarles un agujero en la parte inferior para introducir la cabeza del puro hasta el punto donde solía morderlo y así “decapitarlo” limpiamente con la navaja. Cierto es que había visto a algunos españoles venidos de Castilla utilizar palillos para perforar el puro y permitir el paso del humo a modo de chimenea, pero esto le parecía de una grosería intolerable:

—Ces Espagnols toujours aussi barbares!

Probó con un habano de regular tamaño y la cosa funcionó de maravilla: le hizo un corte impecable y se lo fumó con delectación; al chisme llamó “décapiteur” —lógico, por otra parte— aunque sus vecinos, fumadores de puros como él, le copiaron el invento y prefirieron llamarlo “guillotina” en honor a su dueño.

Estábamos en los días revueltos de la Revolución francesa. En la calle se sucedían fusilamientos a mansalva. Incluso habían asaltado la Bastilla las turbas enardecidas y liberado a los cinco presos que había en ella, uno de los cuales protestó enérgicamente porque lo echaban directamente a la calle mientras que en la cárcel se encontraba divinamente: comida y cama gratis. «C’est pas vrais! —gritaba desolado—, je suis un assassin!»

Un día de fiesta del mes Brumario se hallaba nuestro héroe en un bistrot cerca de Pigalle, cuando una cocotte observó que M. Guillotin sacaba su artefacto —se había fabricado una “guillotina” de bolsillo monísima— y decapitaba su puro de una forma absolutamente revolucionaria; era una maquinita muy coqueta y de una eficacia extrema: metía la punta del puro por el orificio “ad hoc” y de un tajo lo dejaba listo para ser fumado. ¡Zas!

—Putain, c’est magnifique! —exclamó la fulana, y se fue con el soplo a la Convención a decirles que un señor había inventado una “décapiteuse” sumamente eficaz y limpia: se acabó eso de gastar balas y pólvora del pueblo contra los burgueses, ahora se cortarían cabezas de una forma tan sencilla como descapullar un puro. Conmovidos por la novedad, los jefes mandaron que se presentara el ciudadano Guillotin y explicara su invento ante la asamblea; el hombre acudió absolutamente turbado y pidió que le trajeran una caja de habanos que empezó a decapitar con habilidad y repartir entre los representantes del pueblo que, estupefactos, fumaron con avidez; envueltos en una magnífica nube de humo, los jefes le dieron una pasta gansa por el invento y mandaron montar centenares de guillotinas —o sea, “décapiteuses”— por toda Francia. Francamente, el pueblo quedó admirado por lo limpia y eficaz que resultaba la nueva máquina que fue colocada a tamaño natural sobre unos andamiajes patibularios en la plaza pública; tanto es así, que el propio rey Luis XVI quiso probarla, y a fe que lo consiguió, aunque no fue de los primeros. Lo malo es que el pobre M. Guillotin enriqueció súbitamente con su invento e inmediatamente fue declarado burgués y enemigo de la República, y condenado a muerte en su propio artefacto…

Estarás pensando —querido lector— que, a fin de cuentas, nuestro honrado ciudadano no hizo más que probar de su propia medicina. Pero la cosa tiene su guasa, porque el muy ladino, suponiendo que algún día se le volverían las tornas, diseñó un agujero en la tabla de la guillotina para que pudiera pasar una cabeza normal: digamos la del rey, por ejemplo; y no lo he dicho antes, pero M. Guillotin tenía una cabeza enorme, vamos, que era un cabezón, o sea que…